El director del Instituto Clínic de Neurociencias del Hospital Clínic de Barcelona explica cómo se relacionan la genética y el entorno, qué pueden aportar los biomarcadores y por qué una atención adecuada debe ayudar a recuperar estabilidad, autonomía y proyectos.
Por Manuel Nadal
El doctor Eduard Vieta es especialista en Psiquiatría, con una trayectoria dedicada especialmente al estudio y tratamiento del trastorno bipolar. Trabaja en el Hospital Clínic de Barcelona y, desde su nombramiento anunciado el 28 de septiembre de 2026, dirige el Instituto Clínic de Neurociencias, que integra Neurología, Neurocirugía y los servicios de Psiquiatría y Psicología de adultos y de población infantojuvenil. Es también catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona y responsable del grupo de investigación en Trastornos Bipolares y Depresivos del IDIBAPS. www.clinicbarcelona.org
Entre sus principales reconocimientos internacionales figura el premio Colvin de la Brain & Behavior Research Foundation, recibido en 2012 por sus contribuciones a la investigación de los trastornos del ánimo. El galardón reconoció sus avances en el tratamiento del trastorno bipolar y el trabajo pionero de su equipo sobre la eficacia de la psicoeducación. bbrfoundation.org
Su trayectoria combina atención a pacientes, investigación y formación de profesionales. Ha sido director científico de CIBERSAM, el Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental, que conecta grupos de distintas instituciones españolas. Sus aportaciones abarcan el tratamiento farmacológico y psicológico del trastorno bipolar, el estudio de las dificultades cognitivas y el desarrollo de una psiquiatría cada vez más personalizada. www.clinicbarcelona.org
Una persona puede acudir a consulta porque ya no consigue levantarse por la mañana, concentrarse en el trabajo o interesarse por aquello que antes disfrutaba. Quizá no cuente que, tiempo atrás, atravesó una etapa en la que dormía mucho menos, encadenaba planes y se sentía especialmente capaz. Puede que recuerde aquellos días como su mejor versión. Para quien la atiende, sin embargo, esa parte de la historia puede cambiar el diagnóstico y el tratamiento.
Ahí reside una de las grandes dificultades del trastorno bipolar: lo que más preocupa al paciente y lo que más alerta a su entorno no siempre coincide. Comprender ambas perspectivas requiere conocimiento, escucha y tiempo. También exige mirar más allá de una palabra que, utilizada con demasiada ligereza, puede acabar ocultando a la persona.
«La enfermedad nunca define a la persona»
La frase del doctor Eduard Vieta aparece al final de nuestra conversación, pero resume el sentido de toda la entrevista: conocer mejor el trastorno para tratarlo mejor y dejar de juzgar a quienes conviven con él.
Investigar el cerebro sin perder de vista a la persona
Dirigir el Instituto Clínic de Neurociencias supone asumir una responsabilidad que va más allá de la psiquiatría. El nuevo cargo trae más gestión y decisiones sobre el futuro del hospital, pero Vieta explica que mantiene el contacto con la consulta, la investigación y la enseñanza.
«Sigo haciendo de psiquiatra, sigo viendo pacientes por las tardes y sigo investigando y enseñando».
Ese vínculo con los pacientes atraviesa su manera de hablar del trastorno bipolar. Cuando recuerda por qué eligió esta especialidad, se detiene en las vidas de las personas que conoció y en cómo la enfermedad podía transformar sus emociones, su pensamiento y sus decisiones.
«A mí me fascinaban los pacientes con trastorno bipolar, porque había muchas personas que me parecían que tenían vidas extraordinarias en todos los sentidos, para bien y para mal», explica.
Su interés por comprender la vida mental había comenzado antes de estudiar Medicina. «En realidad, lo que a mí me gustaba más era la psicología», recuerda. Optó por la psiquiatría porque buscaba una formación que le permitiera acercarse a esas preguntas desde el conocimiento científico del cerebro. La decisión estaba tomada desde el inicio de la carrera.
Con el tiempo, esa vocación se convirtió también en una preocupación por cómo la sociedad trata a quienes tienen un diagnóstico psiquiátrico. Habla del estigma y de la discriminación como problemas que acompañan a la enfermedad y pueden dificultar que una persona busque atención.
Por eso concede importancia a la divulgación. Comprender qué es una depresión, una manía o una hipomanía puede ayudar a reconocer cuándo pedir ayuda. Explicar qué puede conseguir el tratamiento permite combatir otro prejuicio: que recibir el diagnóstico significa perder la posibilidad de estudiar, trabajar, mantener relaciones o desarrollar proyectos.
Cuando habla de lo conseguido, Vieta da un lugar central a quienes trabajan con él. «Sobre todo, tengo un fantástico equipo», señala, al describir una actividad en la que la asistencia, la investigación y la enseñanza se alimentan mutuamente.
Desde esa experiencia responde a preguntas científicas con consecuencias muy concretas en la vida de los pacientes y sus familias: qué papel tiene la genética, por qué el diagnóstico puede tardar años, qué se espera de los biomarcadores y cómo debería ser un seguimiento que acompañe de verdad.
Qué ocurre cuando el estado de ánimo pierde estabilidad
Para explicar el trastorno bipolar, Vieta recurre a una comparación con la presión arterial: el organismo dispone de mecanismos de regulación que pueden dejar de funcionar adecuadamente. En el cerebro, esa alteración afecta al estado de ánimo, la energía, el pensamiento y la conducta.
Es una explicación divulgativa de una enfermedad compleja. Su causa exacta no se conoce por completo y no puede reducirse a una única sustancia que sube o baja. En la entrevista, el psiquiatra describe un sustrato biológico que interactúa con la predisposición genética y con lo que sucede a lo largo de la vida.
En los episodios depresivos puede aparecer un cansancio profundo, pérdida de interés, dificultades para concentrarse y una sensación de que las tareas más sencillas resultan inalcanzables. Trabajar, asearse o levantarse de la cama puede requerir un esfuerzo enorme.
«Quien lo nota más y lo sufre más es el paciente», señala Vieta al describir la depresión.
La manía implica una activación muy intensa, con cambios importantes en el ánimo y la conducta. Pueden aparecer decisiones impulsivas, gastos desmedidos, desinhibición y, en algunos casos, delirios o alucinaciones. La hipomanía es una forma de activación de menor intensidad, que puede pasar inadvertida para quien la experimenta precisamente porque se siente con más energía y capacidad.
Ahí surge una dificultad para buscar ayuda: sentirse bien no siempre significa estar clínicamente estable. Una persona puede interpretar esa aceleración como una mejora, mientras su entorno observa cambios preocupantes.
Tener trastorno bipolar no significa pasar de la alegría a la tristeza por cualquier contratiempo. Lo relevante es un patrón de episodios que modifica de manera significativa el funcionamiento habitual de la persona.
Tampoco supone vivir permanentemente en uno de esos extremos. Entre episodios puede haber periodos prolongados de estabilidad, llamados eutimia. Vieta insiste en que el diagnóstico y el tratamiento adecuados pueden permitir mantenerla durante mucho tiempo.
Conocer las fases de enfermedad es necesario; conocer la posibilidad de estar bien también lo es.
Tipo I y tipo II: una diferencia que no mide el sufrimiento
Los dos tipos principales son el trastorno bipolar tipo I y el tipo II. El primero se caracteriza por la presencia de episodios de manía; puede incluir también episodios depresivos. En el tipo II aparecen episodios depresivos e hipomanías, sin episodios de manía.
La distinción no convierte automáticamente al tipo II en una enfermedad leve. Como explica Vieta, sus depresiones pueden ser tan graves como las del tipo I. La menor intensidad de las fases de activación puede, además, dificultar que se reconozca el conjunto del trastorno.
El psiquiatra menciona también la ciclotimia y otras presentaciones que requieren valoración especializada. Habla del ciclado rápido, que describe la presencia de al menos cuatro episodios en un año. Es una característica de la evolución que puede aparecer en distintos tipos de trastorno bipolar, no un diagnóstico independiente.
Estas diferencias permiten ajustar mejor la atención. Detrás de una misma denominación hay personas con recorridos, necesidades y respuestas al tratamiento muy distintos.
El mensaje que Vieta quiere preservar, incluso cuando describe los casos más complejos, es que existen posibilidades de mejorar.
«Muchísimas personas acaban llevando una vida normal», afirma al hablar de afrontar la enfermedad y recibir tratamiento.
La genética influye, pero no escribe toda la historia
La pregunta por el origen del trastorno suele llevar a otra más íntima: si hay antecedentes familiares, ¿está el futuro decidido? La explicación de Vieta permite comprender la predisposición sin convertirla en una condena.
El código genético, dice, se parece a «los planos de una casa». Esos planos influyen en la construcción, pero la casa se desarrolla a lo largo de la vida y bajo unas condiciones concretas. La alimentación, el estrés y las experiencias vividas pueden modificar ese proceso.
El trastorno bipolar tiene un componente genético importante. Sin embargo, no existe un único gen que explique por sí solo la enfermedad. Intervienen múltiples variantes, y tener antecedentes familiares aumenta la probabilidad sin hacer inevitable que una persona la desarrolle. www.nimh.nih.gov
Vieta introduce aquí la epigenética: mecanismos mediante los cuales el entorno puede influir en la actividad de los genes. Es una forma de explicar cómo la biología y la experiencia están relacionadas.
«Los genes dicen una cosa y el ambiente modula la expresión genética».
Para ilustrarlo, plantea cómo una exposición intensa al estrés durante la infancia puede influir en una persona vulnerable, mientras que alguien con predisposición puede no desarrollar el trastorno.
Esa interacción no permite atribuir un caso concreto a una experiencia determinada ni responsabilizar a una familia. Tampoco significa que todas las personas con trastorno bipolar hayan vivido un trauma. Lo que aporta es una comprensión más amplia: la vulnerabilidad biológica importa, y las condiciones de vida también.
Desde ahí, cuidar el sueño, reducir factores de desestabilización y disponer de apoyo terapéutico tiene sentido. Reconocer la biología del trastorno ayuda a comprender por qué la voluntad, por sí sola, no basta para controlarlo. También permite entender por qué el tratamiento puede actuar desde distintas vías.
Un diagnóstico que necesita toda la historia
Una de las razones del retraso diagnóstico es que la persona suele pedir ayuda durante la depresión. La hipomanía, en cambio, puede quedar fuera del relato porque se recuerda como una etapa productiva o agradable.
Si solo se conoce la parte depresiva, resulta más difícil reconocer el trastorno bipolar. Vieta señala también posibles confusiones con el TDAH, los trastornos de personalidad, cuadros psicóticos o los efectos de sustancias. Los síntomas pueden parecerse, y algunas dificultades pueden coexistir. Por eso hace falta una evaluación que reconstruya la evolución.
Durante la entrevista sitúa el retraso diagnóstico en España alrededor de los cinco años. Es una estimación que utiliza para subrayar el problema: el tiempo sin un diagnóstico adecuado puede prolongar el sufrimiento y retrasar el tratamiento que necesita la persona.
«El retraso diagnóstico conlleva retrasos en el tratamiento adecuado y eso conlleva sufrimiento y mal pronóstico».
La información del paciente es central. La de sus allegados puede ayudar a completar etapas que él no identificó como enfermedad. Una pareja, un familiar o un amigo quizá observó una reducción llamativa del sueño, gastos inusuales o cambios persistentes en la manera de relacionarse.
La diferencia importa también para el tratamiento. Vieta advierte que tratar una depresión bipolar como si fuera unipolar puede conducir a una pauta inadecuada. Los antidepresivos no se emplean de la misma manera en ambas situaciones y, en el trastorno bipolar, su uso requiere una valoración específica. www.nimh.nih.gov
Comprender la historia completa permite tomar decisiones con más información. También ayuda a dar sentido a episodios que, hasta entonces, podían parecer desconectados.
Biomarcadores: la promesa de una psiquiatría más precisa
Aquí aparece uno de los asuntos centrales de la conversación: cómo añadir información biológica a un diagnóstico que hoy sigue siendo fundamentalmente clínico.
Un biomarcador es una característica medible del organismo que puede aportar información sobre un proceso de salud o enfermedad. En este campo se estudian señales obtenidas mediante análisis de sangre, genética o neuroimagen, entre otras vías.
Encontrar diferencias entre grupos es un avance. Demostrar que esas diferencias permiten tomar una decisión fiable para una persona concreta es un paso adicional.
Vieta defiende la psiquiatría de precisión: complementar la entrevista, la historia y la experiencia clínica con pruebas que ayuden a distinguir cuadros, orientar tratamientos y comprender mejor la evolución. Durante la conversación alude a pruebas que buscan diferenciar la depresión bipolar de la unipolar.
Esa línea cuenta con investigaciones prometedoras. Un estudio de la Universidad de Cambridge exploró la combinación de una evaluación digital con biomarcadores en sangre, como prueba de concepto para mejorar esa diferenciación. Su valor está en la posibilidad de complementar la evaluación, sin ofrecer todavía una respuesta universal con una analítica. www.cam.ac.uk
El propio Vieta marca el límite:
«Para utilizarlo en una persona concreta, falta avanzar un poco más».
Recurre a la meteorología para explicar la dificultad: conocer un patrón general no equivale a predecir con precisión lo que sucederá en un lugar específico.
Lo mismo ocurre con el riesgo genético. Una probabilidad no es un diagnóstico. Tampoco existe una prueba rutinaria que, por sí sola, permita confirmar o descartar el trastorno bipolar en cualquier persona, en cualquier momento de su evolución.
El interés por incorporar biomarcadores también forma parte del debate sobre el futuro del DSM, el manual de clasificación de los trastornos mentales. La hoja de ruta presentada por la Asociación Americana de Psiquiatría en 2026 propone avanzar en esa dirección conforme se valide la evidencia. Es un proceso de desarrollo, no una exigencia general ya implantada en las consultas. www.psychiatry.org
La perspectiva es importante: disponer de más herramientas para acertar antes y personalizar mejor la atención. Una prueba prometedora debe demostrar su utilidad, sus límites y en qué pacientes aporta realmente información.
El objetivo de ese progreso tiene una traducción humana: reducir incertidumbre, evitar tratamientos inadecuados y ayudar a que cada persona reciba antes la atención que necesita.
La consulta necesita tiempo y una puerta abierta
Mientras avanza la investigación, hay una herramienta que ya existe y que no puede darse por descontada: una entrevista clínica suficientemente profunda.
Vieta critica las consultas excesivamente breves. Considera que una evaluación bien hecha requiere al menos media hora y, idealmente, una hora. Su reflexión cuestiona la idea de que acceder antes a una cita garantice por sí solo una buena atención si después apenas hay tiempo para escuchar.
«Cuanto más extensa y profunda sea la entrevista, más fácil que se acierte».
Reconstruir episodios, valorar síntomas y comprender qué está ocurriendo en la vida del paciente necesita espacio.
En el seguimiento, el número de visitas tampoco explica toda la calidad asistencial. Vieta pone el ejemplo de una cita programada para dentro de seis meses: ese intervalo no puede convertirse en una barrera si aparecen señales de recaída.
Su propuesta combina psicoeducación y acceso al equipo. El paciente debe aprender a reconocer cambios tempranos y disponer de una vía para recibir atención antes de la siguiente cita. En su práctica, explica, incorpora visitas adicionales cuando alguien comienza a descompensarse.
Atender pronto puede evitar que el episodio avance y que sea necesario un ingreso. Para sostener ese modelo hace falta continuidad y una organización que responda aunque el profesional habitual esté ausente.
«Tiene que haber un equipo detrás que responda y que conozca al paciente».
Vieta sitúa estas propuestas en un sistema con recursos limitados. Considera insuficiente la dotación de psiquiatras y, especialmente, de psicólogos clínicos.
En su equipo, el trabajo en grupos permite ofrecer psicoeducación a varias personas a la vez, pero la organización no elimina la necesidad de profesionales suficientes y atención especializada. La calidad del seguimiento depende también de los recursos con los que cuenta el servicio.
Tratar para recuperar la vida cotidiana
La medicación ocupa un lugar central en el tratamiento que describe Vieta. Los estabilizadores del ánimo ayudan a prevenir episodios y sostener la estabilidad; según la fase y las necesidades pueden utilizarse otros medicamentos.
El litio sigue teniendo, en su valoración, una importancia fundamental dentro de ese tratamiento. Su elección y seguimiento, como los de cualquier otra pauta, requieren valoración médica individual.
La atención depende del tipo de trastorno, la evolución y la respuesta de cada persona. Una entrevista divulgativa puede explicar el enfoque, pero no permite decidir qué fármaco necesita cada lector.
El psiquiatra describe también intervenciones físicas, como la estimulación magnética transcraneal y la terapia electroconvulsiva, utilizadas en situaciones seleccionadas. Sobre esta última destaca que se realiza con anestesia y un equipo especializado, en condiciones muy diferentes de las imágenes históricas que han alimentado su estigma.
Junto a estos tratamientos, la atención psicológica aporta herramientas para comprender la enfermedad, manejar dificultades y prevenir recaídas. La psicoeducación enseña a reconocer síntomas tempranos, mantener el tratamiento y cuidar hábitos, especialmente el sueño.
Vieta la describe como una forma de «empoderar al paciente para que aprenda a reconocer los síntomas de recaída a tiempo».
El objetivo es que la persona pueda participar con conocimiento en su cuidado. Aprender qué cambios requieren consulta puede ser tan práctico como identificar que varios días durmiendo mucho menos merecen atención, aunque se sienta con más energía.
Vieta describe además la rehabilitación funcional desarrollada por su equipo para personas con dificultades de memoria, concentración o rendimiento cotidiano. No todos los pacientes la necesitan, pero para algunos resulta relevante incluso cuando los episodios más intensos han remitido.
La recuperación incluye poder volver a trabajar, estudiar, organizar el día y sostener relaciones. Psiquiatría, psicología clínica, enfermería de salud mental y trabajo social pueden aportar apoyos diferentes a ese proceso.
Mantener el tratamiento requiere confianza
La continuidad terapéutica atraviesa buena parte de la entrevista. Vieta identifica el abandono de la medicación como una causa principal de recaída. Pero también establece una responsabilidad clara para quien prescribe: encontrar tratamientos que la persona pueda tolerar.
«Nunca el remedio debe ser peor que la enfermedad».
Los efectos adversos, las dudas y la sensación de estar emocionalmente apagado necesitan conversación y valoración. Si una pauta no se tolera, el equipo debe estudiar cómo ajustarla.
Hay otra dificultad menos visible: algunas personas echan de menos la hipomanía. Vieta describe un estado en el que se sienten brillantes, rápidas y especialmente seguras de sí mismas.
«Te sientes feliz, te sientes pletórico, te notas súper inteligente», explica al intentar acercar esa experiencia a quienes no la han vivido.
Tras atravesar repetidamente esas fases, algunas personas pueden llegar a confundirlas con su identidad y percibir la estabilidad como una pérdida. Esa vivencia puede influir en cómo valoran el tratamiento.
Comprenderla ayuda a hablar de la continuidad terapéutica sin reducirla a obedecer una indicación. También permite abordar la creatividad, el rendimiento y la calidad de vida como preocupaciones legítimas.
El objetivo es mantener estabilidad con el menor coste posible para la persona. Cualquier cambio de medicación debe acordarse con el profesional que la atiende.
Adicciones: comprender para atender mejor
El consumo de alcohol u otras drogas puede coexistir con el trastorno bipolar y complicar tanto el diagnóstico como su evolución. Vieta lo explica mediante una combinación de vulnerabilidad biológica, factores psicológicos y condiciones sociales.
Algunas personas buscan en las sustancias un alivio al malestar o una forma de modificar cómo se sienten. Esa búsqueda puede terminar agravando los problemas. A su vez, los efectos de una sustancia pueden parecerse a síntomas del trastorno y dificultar la evaluación.
La relación no debe interpretarse como una simple falta de voluntad. Durante la entrevista, Vieta recuerda que las adicciones son también trastornos que necesitan atención.
«Las adicciones por sí solas ya también son un trastorno mental».
Conocer qué se consume, con qué frecuencia y en qué circunstancias forma parte de comprender el caso y plantear el tratamiento. Una atención que desconozca una de las dos dificultades puede dejar incompleta la explicación de lo que le está ocurriendo a la persona.
Acompañar sin convertir la enfermedad en toda la relación
La familia, la pareja o los amigos pueden ser importantes para reconocer cambios y facilitar el acceso a ayuda. No todas las personas disponen de la misma red, y a veces un amigo cumple un papel esencial.
Vieta sitúa la mejor ayuda en facilitar la valoración especializada y acompañar cuando sea necesario.
«El mejor consejo es ir a ver a un especialista».
Cuestiona los consejos que presentan una depresión como algo que se resolverá saliendo más o esforzándose. Una buena intención puede hacer daño si desconoce la enfermedad.
Una dificultad aparece cuando el entorno percibe empeoramiento y la persona no considera que necesite atención. Esa discrepancia puede formar parte del episodio. Por eso conviene trabajar con el equipo terapéutico y recurrir a urgencias cuando la situación sea grave.
El trastorno bipolar también puede asociarse a riesgo de suicidio, un asunto que aparece en la conversación y que requiere atención profesional.
Si existe una emergencia o peligro inmediato, hay que llamar al 112. En España, el 024 ofrece apoyo gratuito, confidencial y permanente a personas con pensamientos suicidas y a sus allegados; no sustituye la atención sanitaria necesaria. www.sanidad.gob.es
Un diagnóstico no cancela los proyectos
El impacto del trastorno puede alcanzar los estudios y el trabajo. Vieta describe personas que han interrumpido una carrera, perdido oportunidades o quedado en puestos por debajo de sus capacidades tras periodos de enfermedad.
Su reflexión señala una dificultad del sistema: alguien puede estar en condiciones de trabajar cuando se encuentra estable y necesitar apoyo o una baja durante un episodio. Entre exigir un rendimiento constante y considerar que ya no podrá trabajar, hacen falta respuestas adaptadas a la evolución de cada persona.
En ese terreno, destaca el papel del trabajo social y de la adecuación del puesto. La capacidad no debería valorarse únicamente desde el momento de mayor dificultad.
El psiquiatra habla también de creatividad y talento, pero advierte que el trastorno no los implica automáticamente. La enfermedad puede dificultar mucho que una persona desarrolle sus capacidades.
La atención debe ayudarla a hacerlo, sin idealizar el sufrimiento ni reducir sus logros a un diagnóstico. Lo que una persona consigue pertenece a su trayectoria, a su esfuerzo y a las oportunidades y apoyos de los que dispone.
Lo que viene en medicamentos y psicoterapia
Al preguntar por el futuro, Vieta explica que se investigan nuevos tratamientos y que algunos se encuentran en fases tempranas de desarrollo. Menciona líneas farmacológicas relacionadas con estabilizadores, antipsicóticos y tratamientos para la depresión, sin concretar nombres ni fechas de disponibilidad.
Ese avance importa especialmente para quienes siguen teniendo síntomas, no han alcanzado suficiente estabilidad o toleran mal las opciones actuales.
Habla de tratamientos «que están en una fase todavía temprana» y que podrían mejorar las opciones disponibles. La expectativa debe convivir con los tiempos de la investigación: una posibilidad prometedora necesita demostrar eficacia y seguridad antes de incorporarse a la práctica clínica.
En el terreno psicológico, la entrevista muestra una dirección de trabajo: mejorar las intervenciones que ayudan a prevenir recaídas y recuperar funcionamiento, y adaptarlas a las necesidades de cada paciente. La psicoeducación y la rehabilitación funcional que describe son ejemplos de cómo la investigación psicológica puede traducirse en atención.
Los biomarcadores podrían contribuir, si se valida su utilidad, a orientar mejor esas decisiones. El horizonte de la psiquiatría de precisión consiste en comprender qué necesita cada persona y elegir con más información entre las posibilidades disponibles.
Vieta sitúa ese esfuerzo en una tarea compartida por equipos de distintos países: «Estamos avanzando entre todos».
La esperanza tiene una base concreta
Al final de la conversación, Vieta vuelve a los pacientes que ha conocido. Habla de personas que, con el trabajo del equipo terapéutico, han conseguido una vida estable y satisfactoria. Reconoce también a quienes todavía conviven con síntomas y necesitan mejores respuestas.
La esperanza que transmite se apoya en ambas realidades: existen tratamientos que ayudan hoy y se investiga para ampliar lo que puede conseguirse mañana. Ninguna trayectoria es idéntica a otra, y recuperar estabilidad no siempre es un proceso sencillo. Pero el diagnóstico puede abrir el acceso a una atención que cambie profundamente la vida.
«No hay que tener miedo a ir al psiquiatra», insiste.
A la sociedad le pide que no juzgue por una etiqueta. A quienes observan un patrón de cambios acusados, que busquen una valoración especializada. A los pacientes y sus familias les recuerda que afrontar la enfermedad puede mejorar mucho su situación.
«Su vida puede mejorar muchísimo»
Vieta transmite este mensaje de esperanza al hablar de la importancia de un diagnóstico y un tratamiento adecuados.
Comprender el trastorno bipolar significa reconocer el sufrimiento que puede causar, las herramientas disponibles y las preguntas que la ciencia todavía intenta responder. Significa también dejar espacio para la persona que sigue ahí: con sus relaciones, sus capacidades y sus proyectos.
Esa es la vida que una buena atención debe ayudar a cuidar.
