Aina Barca: la mujer que decidió que ningún niño con discapacidad debía quedarse sin escuela

Con 21 años, Aina Barca viajó a Nepal para pasar unas vacaciones. Allí descubrió una realidad que cambiaría su vida: cientos de niños con discapacidad permanecían sin escolarizar por la falta de recursos. Aquella experiencia la llevó a fundar Familia de Hetauda, una organización que, más de una década después, ha creado tres escuelas de educación especial y sigue trabajando para que ningún niño se quede sin acceso a la educación.

Un viaje que cambió una vida

Aina Barca no viajó a Nepal para fundar una organización ni para iniciar un proyecto social. Cuando aterrizó allí por primera vez en 2012 tenía 21 años, trabajaba en Barcelona con personas con discapacidad y, como ella misma explica, aquel viaje eran simplemente unas vacaciones.

«Para mí eran simplemente unas vacaciones de verano.»

Sin embargo, lo que encontró allí la marcó profundamente. Durante aquellos meses descubrió una realidad que le resultó difícil de comprender. Niños con discapacidad intelectual que no acudían a la escuela porque no existían recursos educativos para ellos. Familias que habían asumido que sus hijos nunca aprenderían. Comunidades enteras donde la exclusión se había normalizado hasta el punto de dejar de cuestionarse.

«Lo que más me sorprendió fue ver cómo la injusticia se había convertido en normalidad.»

Aquella experiencia cambió su manera de ver las cosas. No porque descubriera la pobreza, sino porque entendió que cientos de niños estaban siendo privados de algo tan básico como la oportunidad de aprender.

Cuando la discapacidad significa quedarse fuera de todo

Durante su estancia en Nepal, Aina descubrió que muchos niños con discapacidad intelectual permanecían en casa sin acceso a educación, rehabilitación o actividades que favorecieran su desarrollo. En algunos casos, las familias hacían lo que podían para protegerlos mientras trabajaban, pero la ausencia de recursos generaba situaciones extremas.

«Había niños encerrados dentro de jaulas mientras sus familias iban a trabajar.»

Puede parecer una realidad lejana, pero para muchas familias era la única solución que encontraban. No existían escuelas especializadas. No había apoyos. No había alternativas.

«Nadie veía que fuera necesario que estos niños aprendieran.»

La situación no respondía únicamente a la falta de recursos económicos. También tenía que ver con la falta de conocimiento, con la ausencia de servicios especializados y con una realidad social donde la discapacidad intelectual había permanecido invisible durante demasiado tiempo.

«Tenía que hacer algo»

Cuando regresó a Barcelona intentó retomar su vida normal. Volvió a su trabajo y a su rutina. Sin embargo, la comparación entre lo que había visto en Nepal y los recursos de los que disponían las personas con discapacidad en España era constante.

«Me dolía la barriga cada vez que picaba el botón de la grúa.»

Aquella frase resume perfectamente el conflicto que vivía en ese momento. Mientras aquí trabajaba con recursos especializados, en Nepal seguía pensando en niños que ni siquiera tenían una escuela donde poder aprender.

«Ya no te hablo de terapias o de tecnología. Hablo de cuatro paredes para que estos niños pudieran aprender.»

Quince días después de regresar tomó una decisión que cambiaría el rumbo de su vida. Registró Familia de Hetauda con una idea muy concreta: volver a Nepal y construir una escuela de educación especial.

Tenía 21 años. No tenía experiencia previa en cooperación internacional. Tampoco disponía de grandes recursos económicos. Pero estaba convencida de que aquellos niños necesitaban una oportunidad.

Construir una escuela donde parecía imposible

Aina reconoce que al principio fue ingenua. Pensaba que si una necesidad era evidente, todo el mundo la entendería igual que ella. La realidad fue muy distinta.

Nepal es un país complejo y aquellos primeros años estuvieron llenos de dificultades. Ser mujer, extranjera, joven y estar sola no facilitó las cosas. Hubo amenazas, situaciones de intimidación y numerosos obstáculos burocráticos y culturales. Sin embargo, nunca perdió de vista el objetivo.

«Yo sabía que tenía que construir la escuela.»

Esa determinación acabó dando sus frutos. La primera escuela abrió con 18 niños y tres maestras. Lo que entonces parecía un proyecto pequeño se convirtió en la semilla de algo mucho mayor.

De una escuela con 18 alumnos a tres escuelas en Nepal

Más de una década después, Familia de Hetauda ha conseguido crear tres escuelas de educación especial en diferentes ciudades de Nepal. Actualmente, Familia de Hetauda cuenta con tres escuelas de educación especial, atiende a 157 niños y niñas con discapacidad intelectual y genera empleo para 65 mujeres locales.

Los centros trabajan con alumnos con síndrome de Down, autismo, parálisis cerebral y otras discapacidades intelectuales. Además de la educación, disponen de talleres ocupacionales donde los jóvenes aprenden habilidades y oficios que les permiten desarrollar una mayor autonomía y prepararse para el futuro.

También cuentan con una residencia para aquellos alumnos que viven demasiado lejos de la escuela o que carecen de apoyo familiar suficiente para desplazarse diariamente.

Aina habla con especial emoción de los niños que ha visto crecer durante todos estos años.

«Les he visto crecer durante catorce años.»

Algunos de aquellos niños que llegaron siendo pequeños son hoy jóvenes adultos. Uno de ellos trabaja actualmente como asistente dentro de la propia escuela.

El éxito también tiene una cara amarga

Sin embargo, los logros conseguidos no han eliminado el principal problema: la necesidad sigue siendo enorme.

A los pocos meses de abrir la primera escuela apareció una lista de espera. Y nunca ha desaparecido.

Cada nueva escuela permite atender a más niños, pero también hace visible la magnitud real del problema. Actualmente existen cientos de niños esperando una plaza.

La frase que mejor resume esta situación llegó durante la entrevista.

«Decir que no a un niño significa que se queda en casa porque no hay nada más.»

No se trata de derivar a otra escuela o buscar una alternativa cercana. En muchas zonas de Nepal simplemente no existe ningún recurso especializado.

Por eso Aina habla de una carrera continua. Una carrera para abrir nuevas plazas, conseguir más recursos y llegar a más familias antes de que esos niños pierdan oportunidades fundamentales para su desarrollo.

El próximo reto: llegar a las siete provincias de Nepal

Aunque el crecimiento conseguido es enorme, Aina considera que el trabajo acaba de empezar.

Su objetivo es que las siete provincias de Nepal dispongan de al menos una escuela de educación especial. Hoy existen tres centros. Todavía hay regiones enteras donde los niños con discapacidad intelectual no tienen acceso a recursos educativos especializados.

Cuando le pregunté si era factible alcanzar un objetivo tan ambicioso, su respuesta fue inmediata.

«No era factible ni la primera escuela.»

Y añadió algo que refleja perfectamente su manera de entender los retos.

«Sé que lo vamos a lograr.»

Cómo podemos ayudar

Familia de Hetauda se sostiene principalmente gracias a personas que colaboran como socias, realizan donaciones o apoyan proyectos concretos. También participan empresas, fundaciones y profesionales que aportan formación especializada en ámbitos como la educación especial o la fisioterapia.

Cada aportación contribuye a financiar transporte escolar, alimentación, profesorado, material educativo, atención especializada, residencia y todos los recursos necesarios para que estos niños puedan acceder a una educación de calidad.

Toda la información sobre cómo colaborar está disponible en:

www.familiadehetauda.org

«Todos tenemos el poder de crear esperanza»

Antes de finalizar la entrevista le pregunté qué mensaje le gustaría dejar a quienes nos están leyendo.

Su respuesta fue sencilla y directa.

«Todos tenemos el poder de crear esperanza cuando decidimos no mirar hacia otro lado y pasar a la acción.»

Después de conversar con Aina Barca, uno entiende que las grandes transformaciones rara vez comienzan con grandes recursos. Suelen empezar cuando alguien se niega a aceptar una injusticia como algo normal. Trece años después de aquel primer viaje, cientos de niños tienen acceso a educación gracias a aquella decisión. Y todavía quedan muchos más esperando una oportunidad.

Manuel Nadal
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