Diez días ingresado por una infección en el brazo me hicieron conocer la sanidad desde un lugar que, después de tantos años trabajando y escribiendo sobre salud, todavía no conocía: la cama del paciente.
Dedicatoria
A Miguel, nombre ficticio de mi último compañero de habitación. Su historia no aparece en este artículo porque le pertenece a él y a su familia. Compartimos habitación durante poco tiempo, pero a su lado vi algo para lo que uno nunca está preparado: la muerte muy de cerca. Mientras yo esperaba volver a casa, a pocos metros de mi cama otra familia intentaba prepararse para una posible despedida.
Este artículo está dedicado a él.
Nota de confidencialidad: Todos los nombres utilizados para referirme a otros pacientes son ficticios. También he omitido o modificado algunos detalles que podrían permitir su identificación. He querido contar lo que viví sin apropiarme de historias que pertenecen a otras personas.
Llevo años trabajando en investigación de mercados en el ámbito sanitario y escribiendo sobre salud. He entrevistado a médicos, enfermeras, otros profesionales y pacientes. Estoy acostumbrado a preguntar, escuchar y después intentar contar sus historias de una forma comprensible y humana.
Esta vez me tocó cambiar de lado.
Esta vez, el paciente soy yo.
Un fin de semana que nunca llegó
Todo empezó cuando estaba preparando un fin de semana que me hacía especial ilusión.
El viernes 21 de agosto quería ir a Ontinyent por las fiestas de Moros y Cristianos. Tenía trabajo, quería disfrutar de las entradas y, sobre todo, pasar tiempo con mi familia.
Había además un motivo especial. Quería quedarme con mi madre para que mi padre pudiera ir a casa de mi tía a ver tranquilamente la Entrada Cristiana y, especialmente, a los Almogávares, la comparsa a la que ha pertenecido toda la vida.
Era una pequeña manera de darle unas horas de respiro.
Pero aquellos planes nunca llegaron a producirse.
Me había aparecido un absceso en la axila y comenzaba a formarse otra lesión en la parte superior del brazo, cerca del hombro. Esa noche tuve fiebre, alrededor de 38,5 grados.
Fui al Centro de Salud de San Marcelino. La médica que me atendió sospechó que detrás de aquellos abscesos repetidos podía existir una hidradenitis supurativa. Me pautaron antibiótico y comenzaron las curas de enfermería. El informe de alta confirma que había iniciado amoxicilina/clavulánico el 21 de agosto.
Pero aquello no mejoraba.
La lesión del brazo crecía. Cada vez estaba más roja, caliente y dolorosa.
El martes 25 volví al centro de salud. Cuando la enfermera vio cómo estaba, me mandó a Urgencias.
Diez minutos sentado en casa
Volví a casa empapado en sudor por la fiebre y el dolor. Me cambié la camiseta y me senté unos diez minutos.
No quería ir al hospital.
Pensé qué hacer y finalmente llamé a Mari, que vino conmigo a Urgencias del Hospital Universitario Doctor Peset.

Después llegaría Javi.
Javi es una de las personas fundamentales de mi vida, y durante aquellos días volvió a demostrármelo. Estuvo ahí cuando más lo necesitaba, acompañándome y pendiente de mí durante todo el proceso.
Urgencias estaba llena. Gente esperando, sillas de ruedas, movimiento constante y hasta una discusión bastante sonora de una familia.
Me hicieron el triaje, me exploraron, me sacaron sangre y me hicieron un TAC con contraste.
Yo estaba nervioso y agradecí que Javi pudiera acompañarme. Y, mientras todo aquello sucedía, continuaba haciendo una de las cosas menos inteligentes posibles: escaparme a fumar.
Hasta que Javi terminó diciéndome:
—Ya está bien de fumar, no puede ser esto.
El TAC mostró una inflamación importante en el tejido subcutáneo del brazo, con una colección de aproximadamente seis por cuatro centímetros. La inflamación alcanzaba la fascia del deltoides y, en aquel primer momento, no parecía existir todavía un absceso claramente encapsulado que pudiera drenarse.
Aquello ya no iba a terminar con unas horas en Urgencias.
Me iban a ingresar.
A mis 51 años era la primera vez que ingresaba en un hospital.
Y tenía miedo.
Hecho una castaña
Javi fue a buscar las cosas que iba a necesitar. Después llegó Héctor para relevarlo. Héctor, un amigo incondicional que siempre está cuando lo necesito y que, pese a su juventud, tiene una madurez que muchas veces me sorprende.
Alrededor de medianoche me llevaron a un box y comenzaron los antibióticos intravenosos.
De aquella primera noche tengo recuerdos desordenados: vías, bolsas de medicación, gente entrando y saliendo, muy poco sueño y muchos nervios.
Estaba, dicho de una manera mucho más fiel a cómo me sentía que cualquier término médico, hecho una castaña.
A la mañana siguiente seguía preguntando cuándo me subirían a planta. Necesitaba salir de aquel ambiente de Urgencias y sentir que aquello empezaba a tener algún orden.
Finalmente pasé por una zona de preingreso y después llegué a la planta 3 de Medicina Interna.
Y allí comenzó otra parte de esta historia.
Aprender a ser paciente
Mi primer compañero de habitación —lo llamaré Antonio— tenía bastante más experiencia hospitalaria que yo.
Yo era un novato absoluto.
Hasta la bata me suponía un problema. Me daba vergüenza caminar con ella abierta por detrás. Antonio me enseñó uno de esos trucos que seguramente no aparecen en ningún protocolo: ponerse una segunda bata al revés para quedar cubierto.
Puede parecer una tontería.
Cuando estás ingresado, las pequeñas cosas dejan de ser pequeñas.
Aquella misma tarde llegó una noticia que me asustaba bastante más que la bata.
Los antibióticos no estaban consiguiendo controlar suficientemente aquello y Traumatología decidió intervenir.
Los ojos verdes antes del quirófano
Hay cosas que uno recuerda con enorme precisión y otras que desaparecen.
Yo recuerdo unos ojos.
Una enfermera de ojos verdes estaba conmigo antes de entrar en quirófano. Estaba muy nervioso y consiguió tranquilizarme.
No recuerdo exactamente qué me dijo.
Recuerdo cómo me hizo sentir.
Después me durmieron.
El informe quirúrgico permite saber lo que yo, afortunadamente, no vi: realizaron una incisión sobre el absceso, drenaron unos 40 cc de material purulento, abrieron los distintos compartimentos de la colección, lavaron abundantemente la zona y dejaron un drenaje.
Yo no recuerdo nada de eso.
Sí recuerdo despertarme en una enorme sala de recuperación y empezar a hablar con las mujeres que estaban allí como si aquello fuera un bar.
Una era de El Toboso.
Y yo, recién salido de quirófano y ni corto ni perezoso:
—Mira, como Dulcinea, como tú.
Se echó a reír.
Al menos la anestesia no había conseguido quitarme las ganas de hablar.
La bacteria ya tenía nombre
El cultivo terminó identificando al responsable de la infección: Staphylococcus aureus sensible a meticilina.
Durante el ingreso recibí diferentes antibióticos intravenosos. El informe recoge vancomicina, meropenem y clindamicina durante distintas fases del tratamiento.
Pero llegó un momento en el que yo dejé de organizar los días por nombres de medicamentos.
El hospital tenía su propio reloj.
La analítica. El desayuno. La visita médica. Los antibióticos. Las curas. La comida. Las visitas. La cena. Otra noche.
Y vuelta a empezar.
Fue entonces cuando empecé a descubrir que aquella experiencia iba a enseñarme bastante más que lo que significaba tener una infección.
«Hola, rey. ¿Cómo has dormido?»
Durante años he hablado con profesionales sanitarios desde fuera.
Ahora los veía trabajar desde una cama.
Conocí enfermeras muy habladoras y otras más reservadas. Algunas especialmente cariñosas y otras más secas. Como en cualquier profesión y en cualquier grupo humano.
Y entendí algo que parece obvio: ser más serio no significa cuidar peor.
También descubrí la importancia que pueden adquirir algunas palabras aparentemente insignificantes.
—Hola, rey.
—Cariño, ¿cómo has dormido?
—¿Cómo estás hoy?
Cuando llevas días ingresado, alguien que entra por la puerta y te pregunta cómo has pasado la noche puede cambiarte el comienzo de la mañana.
Y había profesionales capaces de transmitir tranquilidad casi sin hablar.
La sonrisa se les nota incluso detrás de la mascarilla.
Julián, mi particular Don Quijote
El viernes 28 le dieron el alta a Antonio.
Al día siguiente me cambiaron de habitación. Necesitaban la que yo ocupaba para una mujer que estaba muy enferma y querían que pudiera permanecer sola, acompañada por su familia. Supe después que falleció a los pocos días.
Al menos pudo pasar aquellos últimos momentos con intimidad y junto a los suyos.
A mí me trasladaron con Julián, un hombre de setenta y muchos años con importantes dificultades para oír y comunicarse verbalmente.
Al principio parecía difícil que pudiéramos entendernos.
Pero acabamos encontrando nuestra manera.
Gestos. Miradas. Señalar cosas.
Y cuando aquello no bastaba, aparecía una libreta.
Yo escribía lo que quería decirle y él me contestaba como podía. Poco a poco necesitábamos cada vez menos explicaciones.
Había nacido una pequeña complicidad.
Además, Julián tenía una apariencia que inevitablemente me recordaba a Don Quijote.
A su lado mi personaje estaba bastante claro:
él era Don Quijote y yo, Sancho Panza.
Durante los primeros días que compartimos habitación no vi que recibiera visitas. Me había contado que tenía hijos. Un día apareció una de sus hijas coincidiendo con una prueba médica.
En determinado momento, una TCAE le preguntó si iba a ayudar a duchar a su padre.
Su reacción me impactó.
Finalmente fueron las TCAE quienes se encargaron de ayudarlo con el aseo.
No conozco la historia de aquella familia. No sé qué relación tenían ni qué circunstancias existían detrás. Sería tremendamente injusto juzgar una vida familiar por una escena contemplada desde la cama de al lado.
Pero aquella escena me hizo pensar.
La soledad también estaba ingresada
Porque había algo que llevaba días llamándome la atención.
En aquella planta había mucha soledad.
Había personas mayores que pasaban horas y días sin recibir visitas. Algunas quizá no tenían familia; otras sí la tenían, pero yo no la veía aparecer.
No siempre era así, evidentemente. Tampoco sabía qué sucedía fuera de aquellas habitaciones: trabajos, distancias, enfermedades, relaciones familiares complicadas o cualquier otra circunstancia.
Solo puedo contar lo que yo veía.
Y lo que veía era que la soledad aparecía con demasiada frecuencia alrededor de aquellas camas.
Quizá me impresionó todavía más porque mi experiencia era justamente la contraria.
Durante aquel fin de semana llegué a recibir alrededor de veinticinco visitas.
Héctor por las mañanas. Javi muchas tardes. Mi hermano y mis sobrinos. Sole, Alberto, Olga, Evelyn, Chelo, Marcela, María, Pedro… Llamadas. WhatsApps. Personas preguntando cómo estaba.
Yo me sentía tremendamente acompañado.
Y después regresaba a la habitación y veía a alguien solo.
Aquello hizo que las pequeñas atenciones del personal adquirieran todavía más importancia.
Quizá para algún paciente aquel «hola, cariño, ¿cómo has dormido?» fuera una de las pocas frases afectuosas que escucharía durante todo el día.
Carmen quería tomar el sol
También conocí a Carmen.
Me veía escapar de la planta siempre que podía. Después de los tratamientos, la visita médica y las curas del brazo, buscaba cualquier oportunidad para bajar un rato al jardín.
Un día me preguntó:
—¿Me llevas a dar una vuelta?
Y nos fuimos.
Caminamos despacio durante unos quince minutos. Ella tomaba el sol y yo tenía compañía para una de mis escapadas.
Cuando regresamos descubrí que medio mundo estaba buscando a Carmen.
Habían pasado diferentes profesionales por su habitación y no estaba.
Me sentí responsable.
Desde entonces, si volvíamos a salir, primero avisaba y preguntaba al personal.
Carmen tenía sentido del humor. Hablábamos. Paseábamos.
Yo pensaba que la estaba acompañando a ella.
Con el tiempo comprendí que ella también me estaba acompañando a mí.
Andrés: una amistad que empezó con un cigarro
A Andrés lo conocí de la manera más sencilla posible.
Me pidió un cigarrillo.
Y empezamos a hablar.
Resultó ser un hombre culto, viajado, conversador, con sentido del humor y una vida llena de experiencias. Había vivido en distintos lugares y también había trabajado relacionado con el ámbito sanitario.
Así que hablamos.
Mucho.
Compartimos tabaco, conversaciones y confidencias.
Y ocurrió algo que sucede a veces en los hospitales: dos personas que no se conocían de absolutamente nada terminan contándose cosas que probablemente no contarían a alguien con quien llevan años coincidiendo.
Andrés estaba atravesando una enfermedad grave, pero no es esa parte de su historia la que quiero contar.
Me quedo con la persona.
Con nuestras conversaciones y con una pequeña amistad nacida en circunstancias bastante improbables.
Aquello volvió a enfrentarme al contraste.
Yo tenía muchísima gente esperando que regresara a casa. No todo el mundo tenía la misma suerte.
Lo que das, lo recibes
También hubo alguna ausencia que me sorprendió. Personas de las que quizá esperaba una llamada, un mensaje o una visita y que no aparecieron.
Pero sería absurdo que ese fuera mi recuerdo.
Porque ocurrió exactamente lo contrario.
Me sentí tremendamente querido.
Hubo gente que reorganizó su día para venir a verme. Personas que llamaron. Que escribieron. Que preguntaron. Que aparecieron sin que yo lo esperara.
Y dos personas estuvieron especialmente presentes durante prácticamente todo el ingreso: Héctor y Javi.
Mi padre no pudo venir a Valencia por circunstancias familiares, pero estuvo presente durante todo el ingreso. Hablábamos por teléfono y yo procuraba tranquilizarlo, contarle que iba mejorando y quitarle importancia a algunas cosas para que no se preocupara más de la cuenta. No pudo estar físicamente conmigo, pero eso no significa que no estuviera a mi lado.
Siempre he pensado algo bastante sencillo:
tú lo que das, lo recibes.
Se le puede llamar reciprocidad, cariño, amistad o incluso karma.
A mí me da igual el nombre.
Aquellos días lo sentí.
Unos bombones antes de marcharme
Hacia el final del ingreso, todavía siendo paciente, le pedí a Héctor que comprara una caja de bombones.
Quería dejarla en el control de enfermería junto con una tarjeta de agradecimiento.
No era una despedida porque todavía no sabía con certeza cuándo me marcharía.
Era simplemente dar las gracias.
A enfermería. A las TCAE. A los celadores. A los médicos. A quienes limpiaban. A quienes aparecían cada día para hacer que aquella planta siguiera funcionando.
Por las curas, evidentemente.
Pero también por las conversaciones, las bromas y esos pequeños gestos que desde fuera pueden parecer insignificantes y que, cuando llevas días ingresado, se hacen enormes.
Después de tantos años escribiendo sobre sanidad había descubierto una diferencia fundamental:
una cosa es hablar de cuidados y otra necesitar que te cuiden.
Treinta segundos para poner nombre a años de abscesos
Durante el ingreso solicitaron una interconsulta con Dermatología.
Vinieron dos dermatólogos jóvenes. Les expliqué que llevaba tiempo teniendo abscesos y me exploraron axilas, ingles y otras zonas en las que habían aparecido lesiones.
No necesitaron mucho tiempo.
En menos de un minuto me hablaron de hidradenitis supurativa.
El informe dermatológico describe lesiones inflamatorias y cicatrices en diferentes localizaciones y recoge ese diagnóstico, dejando tratamiento y seguimiento específico.
De repente había dos preguntas distintas con respuesta.
El Staphylococcus aureus explicaba la infección que me había llevado al hospital.
La hidradenitis supurativa ayudaba a explicar por qué aquellos abscesos estaban apareciendo una y otra vez.
«Creo que me voy a casa»
Poco a poco fueron retirándome los antibióticos intravenosos.
Recuerdo especialmente que durante un tiempo quedó uno que había que proteger de la luz, aunque no recuerdo su nombre y prefiero no inventarlo.
Después llegó el tratamiento oral.
Y ahí mi cabeza de paciente hizo su propia interpretación:
«Esto se acaba».
Si estaban retirando las vías y querían comprobar que continuaba evolucionando bien con medicación oral, pensé que probablemente estaban preparando mi salida.
El miércoles el doctor Puchades ya me adelantó que, si todo continuaba igual de bien, podía ser que me fuera de alta.
Solo quedaba comprobarlo.
La última analítica
El viernes 4 de septiembre, alrededor de las seis y media de la mañana, vinieron a sacarme sangre.
Aquella analítica era mi examen final.
Esperé.
Sobre las nueve y media llegaron el doctor Puchades y su residente.
Los parámetros relacionados con la infección estaban prácticamente normalizados.
Me iba a casa.
El informe de alta describe una evolución clínica y analítica favorable, resolución de la inflamación y una herida sin supuración. Salí afebril y estable.
El doctor todavía tenía que preparar el informe.
Yo ya estaba recogiendo.
No hubo una despedida de película
Me despedí de Carmen, de otros pacientes y de las enfermeras y TCAE con las que había establecido una relación más cercana.
Y ocurrió algo que también me hizo pensar.
No hubo una despedida cinematográfica.
Ni euforia ni tristeza.
Para mí aquel era uno de los grandes momentos de mis últimos diez días.
Para ellas era también parte de su jornada laboral.
Un paciente mejora. Recibe el alta. Se marcha. La cama queda libre y llegará otro.
Habían sido importantes para mí, pero ellas estaban acostumbradas a los ingresos y las altas.
Y me pareció perfectamente normal.
De hecho, quizá ahí comprendí todavía mejor el valor de su trabajo.
Para mí aquellos diez días habían sido excepcionales. Para ellas, cuidar a personas como yo forma parte de su rutina.
Y precisamente por eso quería haberles dado las gracias.
La historia que no voy a contar
Hubo un último compañero de habitación.
Lo llamaré Miguel.
No voy a contar su historia.
No porque no sea importante, sino precisamente porque es demasiado importante y no me pertenece.
Estaba muy enfermo.
Durante aquellas horas escuché algo que nunca había escuchado desde tan cerca: una conversación en la que explicaban a su mujer que debía ir preparándose para la posibilidad de perderlo.
No necesito reproducir las palabras.
Recuerdo perfectamente lo que sentí.
Yo estaba a pocos metros pensando en mi analítica, en mis antibióticos, en cuándo podría marcharme.
Mi preocupación tenía un horizonte: volver a casa.
Detrás de la misma puerta había una familia enfrentándose a una posibilidad completamente diferente.
Fue entonces cuando vi la muerte realmente cerca.
No en una película, ni en un artículo, ni en una entrevista.
En la cama de al lado.
En un hospital puede ocurrir algo difícil de explicar hasta que se vive. Una persona recibe una buena noticia mientras, a escasos metros, otra está recibiendo la peor.
Uno prepara la bolsa para marcharse.
Otro quizá se está despidiendo.
Por eso Miguel aparece en este artículo sin que cuente su historia.
Porque aquellos días también me enseñaron que detrás de cada cama existe una vida y que no todas las historias que conocemos tenemos derecho a contar.
Este artículo está dedicado a él.
Un descafeinado frente al Peset
En cuanto supe que me daban el alta avisé a Javi.
—Me voy. Ven sobre las doce y media a por mí.
Al final todo fue bastante rápido.
Cogí mis cosas y salí solo del hospital.
Había cruzado aquellas puertas otras veces durante el ingreso para tomar el aire o fumar, pero aquella vez era diferente.
No tenía que volver a subir.
Crucé la calle y me senté en un bar frente al Peset mientras esperaba a Javi.
Pedí un café descafeinado de máquina.
Puede parecer una tontería.
Para mí era un café de persona dada de alta.
Cuando llegó Javi fuimos hasta el coche.
Lo había aparcado debajo de un árbol y estaba hecho un desastre: hojas, ramas y la correspondiente aportación de los pájaros.
No era precisamente una salida triunfal.
Pero arrancaba.
Y podía llevarme a casa.
Era suficiente.
Por fin vi a Bimbo
Cuando llegamos, Javi se adelantó y abrió la puerta.
Entonces descubrí que me había preparado una sorpresa.
Había decorado la casa para recibirme.
Después de tantos días viendo habitaciones, pasillos, batas, vías y bolsas de medicación, encontrarme aquello nada más entrar me pilló completamente desprevenido.
Y entonces apareció quien llevaba días deseando volver a ver.
Bimbo.
Mi gato.

Entré en casa, vi lo que Javi había preparado y acabé abriendo los brazos con una sonrisa enorme.
Ya no estaba en una habitación del hospital.
No tenía que esperar al siguiente antibiótico.
Ni a la siguiente analítica.
Ni a la siguiente cura.
Ni a que entrara el médico.
Estaba en casa.
Estaban Javi y Bimbo.
Y creo que fue entonces, más que cuando el doctor Puchades me comunicó el alta o cuando crucé las puertas del Peset, cuando sentí realmente que mi primer ingreso hospitalario había terminado.
Lo que me traje del hospital
Salí con una herida que todavía debía curarse y un tratamiento que continuar. El informe de alta pautó cuatro días más de cefalexina y posteriormente doxiciclina durante tres meses para la hidradenitis, además del tratamiento tópico, las curas y el seguimiento por Dermatología.
Pero no fue eso lo único que me traje.
Me llevo también un agradecimiento especial al Dr. Puchades, de Medicina Interna, que llevó mi evolución durante el ingreso y me fue explicando cómo avanzaba el proceso, y a la Dra. Mora, de Traumatología, que tomó la decisión de intervenir y fue quien me operó. Dos profesionales que fueron fundamentales para que hoy pueda estar contando esta historia desde casa.
Me traje el recuerdo de unos ojos verdes antes de entrar en quirófano.
El truco de Antonio para cerrar una bata imposible.
La libreta con la que conseguía hablar con Julián sin hablar.
Los paseos con Carmen.
Los cigarrillos y las conversaciones con Andrés.
Y el silencio de una historia, la de Miguel, que he decidido no contar.
Me traje a las enfermeras que preguntaban cómo había dormido.
A las TCAE entrando una y otra vez en las habitaciones.
Las bromas.
Las conversaciones.
Las sonrisas que se notaban detrás de una mascarilla.
Me traje también una imagen mucho menos agradable: la soledad de muchas camas.
Y enfrente de ella, las aproximadamente veinticinco visitas de un fin de semana que me hicieron comprender la enorme suerte que tenía.
Lo que todavía me queda por hacer
Salir del hospital no significa que todo haya terminado. Me queda trabajo por delante.
Hay cosas que tengo que cambiar y esta experiencia me las ha puesto delante de una forma bastante clara. Quiero perder peso, mejorar mi alimentación e incorporar el ejercicio de una manera real y constante a mi vida.
No espero conseguirlo de un día para otro. Tampoco quiero planteármelo así.
A lo largo de mi vida he tenido que afrontar otros retos que en determinados momentos parecían difíciles y he conseguido superarlos. Este será uno más.
Paso a paso. Lento, pero seguro.
Habrá días mejores y peores. Lo importante será continuar: perder peso progresivamente, llevar una buena alimentación, moverme más y cuidar de mí con la misma constancia con la que tantas veces me preocupo por los demás.
Después de estos diez días he entendido también que cuidar la salud no consiste únicamente en acudir al médico cuando algo va mal. Hay una parte que depende de mí.
Y esa parte empieza ahora.
Lo voy a conseguir.
Durante años he entrevistado a profesionales sanitarios y pacientes. He escrito sobre enfermedades, tratamientos, hospitales y personas.
Pensaba que conocía bastante bien este mundo.
Me faltaba algo.
Conocerlo desde una cama.
Hay una frontera invisible entre quien pregunta «¿cómo se encuentra?» y quien espera que alguien entre por la puerta para decirle cómo se encuentra realmente.
Durante diez días estuve al otro lado.
Y descubrí que un hospital no está hecho solamente de diagnósticos, antibióticos, TAC, analíticas y quirófanos.
Está hecho de personas.
De quien te cura una herida.
De quien consigue tranquilizarte antes de una operación.
De quien te pregunta cómo has dormido.
De quien te visita.
De quien comparte un cigarrillo.
De quien necesita una libreta para poder hablar contigo.
De quien te pide que lo acompañes quince minutos a tomar el sol.
De quien espera volver a casa.
Y de quien quizá ya no pueda hacerlo.
Después de tantos años contando las historias de otros, nunca pensé que acabaría escribiendo esta.
Esta vez, el paciente soy yo.
