El Dr. Marco Puma es especialista en Endocrinología y Nutrición, con más de 15 años de experiencia y una dedicación especial al tratamiento de la obesidad y las enfermedades metabólicas. Desarrolla su actividad en la Unidad Multidisciplinar de Obesidad del Hospital Universitario Sanitas La Zarzuela (Madrid), acreditada por SEEDO y EASO, y compagina la asistencia clínica con la docencia y la investigación. En este artículo explica por qué mantener el peso perdido sigue siendo el gran reto y qué estrategias, basadas en la evidencia científica, ayudan a lograr resultados duraderos.
Por Marco Puma Duque
CONSULTA DEL DR. MARCO PUMA
Especialista en Endocrinología y Nutrición
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Marco Puma Duque
Una pregunta que cada vez escuchamos más en la consulta
—Doctor, he conseguido perder peso… ¿y ahora qué?
Hace apenas unos años, la mayoría de las consultas sobre obesidad giraban en torno a una misma preocupación: cómo perder peso. Hoy, afortunadamente, cada vez es más frecuente que la conversación sea diferente.
Muchos pacientes llegan después de meses o incluso años de tratamiento habiendo alcanzado objetivos que antes parecían muy difíciles: han mejorado su diabetes, duermen mejor, se mueven con menos dificultad, han reducido algunos de sus factores de riesgo o, simplemente, han recuperado una calidad de vida que creían perdida.
Sin embargo, cuando esa primera etapa se ha superado, aparece una nueva incertidumbre.
Algunos preguntan si ha llegado el momento de suspender el tratamiento. Otros se preocupan por su coste económico a largo plazo. Algunas mujeres desean quedarse embarazadas; otras personas han alcanzado el peso saludable que se habían propuesto y muchas simplemente quieren saber qué ocurrirá a partir de ahora.
Hace algún tiempo, uno de mis pacientes acudió a consulta tras haber perdido más de 40 kilos. Gracias al tratamiento había evitado una cirugía bariátrica y había recuperado una calidad de vida que hacía años no imaginaba posible. Sin embargo, aquel día no vino porque hubiera recuperado peso ni porque el tratamiento hubiera dejado de funcionar. Vino porque su situación económica había cambiado y ya no podía mantenerlo.
Aquella conversación me hizo reflexionar sobre una realidad que probablemente compartimos muchos profesionales sanitarios: ¿cuántos pacientes interrumpen estos tratamientos por motivos personales o económicos, o simplemente porque creen que «ya han terminado», sin recibir el acompañamiento necesario para afrontar la siguiente etapa?
Esa pregunta es el motivo por el que nace este artículo.
Porque perder peso es un objetivo importante, pero mantener la salud alcanzada es, probablemente, el verdadero reto.
Nuestro cuerpo no quiere perder peso… y mucho menos mantenerlo
Una pregunta frecuente es si recuperar peso después de suspender un tratamiento significa que este ha dejado de funcionar o que el paciente ha hecho algo mal.
En la mayoría de los casos, la respuesta es no.
Nuestro organismo está preparado para proteger sus reservas de energía. Cuando perdemos una cantidad importante de peso, el cuerpo puede responder aumentando el hambre, modificando las señales de saciedad y reduciendo parcialmente el gasto energético. Son mecanismos biológicos destinados a favorecer la recuperación de las reservas perdidas.
Por eso, la expresión «efecto rebote» puede resultar engañosa. No estamos necesariamente ante un fenómeno provocado por haber realizado mal el tratamiento ni ante una falta de fuerza de voluntad. Lo que reaparece es la tendencia biológica de una enfermedad crónica que continúa presente.
La evidencia disponible lo muestra con claridad. En STEP 4, las personas que continuaron con semaglutida conservaron mejor la pérdida conseguida y siguieron perdiendo peso, mientras que quienes pasaron a placebo recuperaron una parte. SURMOUNT-4 mostró un patrón similar con tirzepatida: mantener el tratamiento permitió conservar y ampliar la pérdida, mientras que su retirada favoreció una recuperación ponderal relevante.
La extensión de STEP 1 reforzó este mensaje: un año después de retirar semaglutida y finalizar la intervención estructurada, los participantes habían recuperado, como promedio, alrededor de dos tercios de la pérdida previa y varias de las mejoras cardiometabólicas tendían a acercarse de nuevo a sus valores iniciales.
Estos resultados no permiten predecir exactamente qué ocurrirá en cada persona. No todos recuperarán el mismo peso ni a la misma velocidad. Sí nos recuerdan que la obesidad necesita una estrategia prolongada y que suspender el fármaco no equivale a que la enfermedad haya desaparecido.
Comprenderlo cambia por completo la conversación. Ya no hablamos de culpa o fracaso. Hablamos de anticiparnos a una biología compleja y de construir un mantenimiento adaptado a cada paciente.
La primera herramienta terapéutica no es un medicamento
Cuando pensamos en el tratamiento de la obesidad solemos hablar de alimentación, ejercicio o medicación. Sin embargo, existe una herramienta que utilizamos en cada consulta y que con frecuencia infravaloramos: la conversación.
Explicar qué es la obesidad, cómo puede evolucionar y qué podemos esperar de cada intervención no es un simple acto informativo. Forma parte del propio tratamiento.
En mi experiencia, una de las conversaciones más importantes no ocurre cuando el paciente alcanza el peso deseado. Ocurre durante la primera consulta.
Es entonces cuando intento transmitir una idea que debe acompañar todo el proceso: la obesidad es una enfermedad crónica. El tratamiento no debe entenderse como una solución rápida ni como un camino que termina cuando la báscula muestra un número determinado. El objetivo es recuperar salud y prepararnos para conservarla.
Es comprensible que este mensaje no sea fácil de escuchar al inicio. El paciente suele llegar buscando una solución y puede no sentirse preparado para pensar en lo que ocurrirá dentro de uno o dos años. Por eso no basta con explicarlo una sola vez. Necesita retomarse con empatía a lo largo de las consultas, respetando el momento y las circunstancias de cada persona.
La conversación permite también conocer qué espera realmente el paciente, cuánto comprende del tratamiento, qué experiencias previas ha tenido y qué dificultades pueden condicionar su continuidad. Permite establecer objetivos realistas, evitar falsas expectativas y preparar decisiones compartidas.
Un paciente bien informado no solo conoce mejor su enfermedad. También está mejor preparado para consultar antes de abandonar el tratamiento por su cuenta, reconocer las primeras dificultades y participar activamente cuando haya que modificar la estrategia.
La evidencia nos ayuda a elegir las herramientas. La conversación hace posible que esas herramientas se incorporen a la vida real.
El mantenimiento empieza el primer día
Con frecuencia asociamos el mantenimiento al momento en el que el paciente ha alcanzado su objetivo y empezamos a plantearnos reducir o suspender el tratamiento. Sin embargo, esa etapa comienza mucho antes.
Empieza en la primera consulta.
Empieza cuando conocemos los objetivos del paciente, sus motivaciones, las dificultades que ha encontrado en intentos anteriores, las enfermedades asociadas, sus recursos y las condiciones reales en las que deberá sostener el tratamiento.
No todos buscan lo mismo. Algunas personas jóvenes, sin complicaciones importantes y que ya están consolidando cambios en su estilo de vida, pueden iniciar el tratamiento contemplando desde el principio la posibilidad de una retirada futura y programada.
Otros pacientes parten de una situación muy diferente. Conviven con diabetes, apnea del sueño, enfermedad cardiovascular, artrosis, limitación funcional o un grado elevado de obesidad. Algunas mujeres desean mejorar su fertilidad o preparar un embarazo. Otras personas quieren evitar una cirugía bariátrica, abandonar una máquina de presión positiva para dormir o recuperar autonomía.
En estos casos, la duración esperable y el riesgo de una retirada son diferentes. Es nuestra obligación explicarlo de forma clara, empática y realista. Necesitar un tratamiento prolongado no significa haber fracasado ni haberse vuelto «dependiente» de un medicamento. Significa tratar una enfermedad crónica durante el tiempo en que los beneficios continúen superando a los riesgos y dificultades.
El verdadero objetivo no es alcanzar un determinado peso lo antes posible. Es construir desde el primer día las herramientas que permitan conservar la salud cuando las circunstancias cambien.
No existen dos pacientes iguales
Uno de los errores más frecuentes al hablar de mantenimiento es buscar una única estrategia válida para todos. Sin embargo, la obesidad es extraordinariamente heterogénea y también debe serlo su tratamiento.
No es lo mismo acompañar a una persona joven que desea mejorar su salud futura que a otra con diabetes, apnea del sueño o enfermedad cardiovascular que ha conseguido reducir de manera importante su riesgo. Tampoco es igual la situación de quien ha evitado una cirugía bariátrica, la de una mujer que desea quedarse embarazada o la de alguien cuyo logro principal ha sido volver a caminar sin dolor.
La edad, el grado y la duración de la obesidad, la pérdida alcanzada, la composición corporal, las comorbilidades, los efectos adversos, el riesgo de recuperación, las preferencias personales y la posibilidad económica de continuar forman parte de la decisión.
Individualizar no significa improvisar ni ofrecer una pauta diferente sin criterios. Significa aplicar la mejor evidencia disponible a la realidad de la persona que tenemos delante.
En algunos pacientes podremos valorar una retirada planificada con seguimiento. En otros, nuestra recomendación será mantener el tratamiento porque su interrupción puede comprometer beneficios clínicos importantes. Y, en ocasiones, aunque recomendemos continuar, el paciente decidirá suspenderlo porque ya no puede o no desea mantenerlo.
En ese momento nuestra obligación profesional no desaparece. Cambia: debemos ayudarle a afrontar la decisión de la forma más segura y realista posible.
Los hábitos que ayudan a mantener la salud
Cuando hablamos de mantenimiento es fácil pensar inmediatamente en una dieta o una rutina de ejercicio. Sin embargo, el objetivo no consiste en seguir reglas durante unas semanas, sino en consolidar hábitos que puedan integrarse en la vida durante años.
Las estrategias que ayudan a perder peso no siempre son exactamente las mismas que permiten mantenerlo. Durante la fase de pérdida se toleran a veces cambios intensos o exigentes. El mantenimiento requiere encontrar un equilibrio compatible con la vida personal, familiar, laboral y social.
El tratamiento farmacológico puede facilitar enormemente el proceso, pero no sustituye aquello que el paciente consigue aprender e incorporar a su día a día. No se trata de hacerlo todo perfectamente, sino de construir una base suficientemente sólida y flexible para afrontar los cambios futuros.
Una alimentación que el paciente pueda mantener, no solo seguir
Cuando un paciente pregunta cuál es la mejor dieta para evitar recuperar peso, quizá debamos reformular la cuestión:
¿Qué forma de alimentarse podrá mantener esta persona dentro de uno, cinco o diez años?
El mantenimiento no consiste en prolongar indefinidamente una dieta restrictiva. Consiste en consolidar un patrón de alimentación compatible con el trabajo, la familia, las celebraciones, los viajes y los cambios personales.
Por eso, intento centrarme menos en entregar una pauta cerrada y más en identificar qué cambios ha conseguido incorporar el paciente, cuáles le generan más dificultad y cuáles puede sostener con naturalidad. Un registro alimentario sencillo puede ayudar a aprender y reconocer patrones, siempre que no se convierta en un examen ni en una fuente adicional de culpa.
No todos los profesionales disponemos del mismo tiempo o de acceso inmediato a un dietista-nutricionista. Contar con este profesional supone un enorme valor añadido, pero muchos pacientes serán atendidos en Atención Primaria, en consultas hospitalarias breves, mediante una aseguradora o en otros entornos con recursos limitados.
Una consulta de diez minutos no permite resolver todos los aspectos nutricionales, pero sí trabajar un objetivo concreto y retomarlo en visitas posteriores. También podemos apoyarnos en materiales educativos de sociedades científicas, hospitales y recursos digitales fiables.
Las recomendaciones deben adaptarse a los gustos, horarios, posibilidades económicas, enfermedades, alergias, intolerancias, cultura, religión y entorno familiar. El mejor plan no es el más restrictivo ni el más sofisticado. Es el que el paciente puede integrar en su vida sin sentir que vive permanentemente «a dieta».
Moverse para conservar, no solo para perder
Durante años hemos asociado el ejercicio casi exclusivamente a la pérdida de peso. En el mantenimiento, su función es mucho más amplia.
La actividad física contribuye a conservar la capacidad funcional, mejorar el control metabólico y proteger la salud cardiovascular. El entrenamiento de fuerza tiene además un papel especial porque ayuda a preservar la masa muscular.
Cuando perdemos una cantidad importante de peso no disminuye únicamente la grasa; también puede reducirse parte de la masa magra. Esto merece especial atención en personas mayores, tras la menopausia, en quienes presentan fragilidad o cuando la pérdida ha sido muy rápida o considerable.
Antes de recomendar ejercicio debemos conocer el punto de partida. No necesita lo mismo quien ya entrena regularmente que una persona sedentaria, con dolor articular o con limitaciones importantes. El programa debe evolucionar progresivamente y combinar, cuando sea posible y seguro, actividad aeróbica, fuerza y reducción del tiempo sedentario.
Un ensayo con liraglutida mostró que añadir ejercicio estructurado al tratamiento farmacológico favorecía un mantenimiento más saludable, y su seguimiento sugirió que las personas que habían incorporado ejercicio conservaban mejor algunos resultados después de finalizar la intervención. No demuestra que el ejercicio elimine el riesgo de recuperación, pero respalda que debe construirse durante el tratamiento y no prescribirse apresuradamente al final.
Los médicos conocemos sus beneficios, pero no somos entrenadores personales ni especialistas en ejercicio en todos los casos. Cuando sea posible debemos apoyarnos en profesionales cualificados. Cuando no lo sea, existen programas y recursos diseñados por sociedades científicas, hospitales y organizaciones sanitarias que pueden orientar una práctica segura y progresiva.
El mejor programa no es necesariamente el más intenso. Es el que puede mantenerse y adaptarse cuando cambian la edad, la salud, los horarios o las capacidades.
Cuando el tratamiento cambia, el acompañamiento continúa
Tarde o temprano, muchos profesionales que tratamos la obesidad nos encontraremos ante una conversación difícil. No necesariamente porque el tratamiento haya dejado de ser eficaz, sino porque llega el momento de decidir cuál será el siguiente paso.
La evidencia actual considera estos medicamentos como tratamientos potencialmente prolongados. La OMS los sitúa dentro del cuidado crónico integral de la obesidad y recuerda que deben acompañarse de intervenciones sobre alimentación, actividad física y otros determinantes de la salud.
Por tanto, cuando el riesgo de recuperación es elevado o se han obtenido beneficios metabólicos, funcionales o cardiovasculares importantes, nuestra primera recomendación puede ser mantener el tratamiento.
SELECT, por ejemplo, demostró una reducción de acontecimientos cardiovasculares graves con semaglutida en personas con sobrepeso u obesidad y enfermedad cardiovascular establecida, sin diabetes. Es importante precisar que este ensayo evaluó el beneficio durante el tratamiento y no fue diseñado para establecer cuánto persiste después de retirarlo.
Sin embargo, la práctica clínica es más compleja que un ensayo. Las circunstancias económicas, familiares y personales cambian. Una recomendación puede ser científicamente razonable y, al mismo tiempo, imposible de seguir para una persona concreta.
En la actualidad no disponemos de protocolos universalmente aceptados que indiquen cómo desescalar semaglutida o tirzepatida en todos los pacientes. La reducción de dosis, el espaciamiento de las administraciones y la transición a otras estrategias continúan siendo áreas con evidencia limitada.
Por eso no debemos presentar como norma general prácticas que todavía no han sido suficientemente estudiadas. Sí podemos reconocer honestamente que los profesionales afrontamos esas situaciones y que cada decisión debe tomarse de forma individual, respetando las pautas autorizadas, la seguridad, la respuesta clínica y las preferencias del paciente.
Sería muy útil que las sociedades científicas desarrollaran recomendaciones más específicas sobre mantenimiento, desescalada y seguimiento. Estas orientaciones serían especialmente valiosas para Atención Primaria y para los entornos que no cuentan con unidades especializadas.
Mientras tanto, NICE recomienda que las personas que finalizan estos medicamentos reciban apoyo, planes de actuación y seguimiento regular durante al menos un año, precisamente para detectar dificultades y prevenir una recuperación desatendida.
Suspender un medicamento no debería significar desaparecer del sistema sanitario. En muchos casos comienza entonces la etapa en la que el seguimiento puede aportar más valor.
Volver a empezar también es una opción
El mantenimiento no siempre sigue una línea recta. Algunos pacientes suspenden el tratamiento porque cambia su situación económica, porque aparecen efectos adversos, porque desean un embarazo o porque sus prioridades personales son diferentes.
Tiempo después, sus circunstancias pueden volver a cambiar.
La reintroducción del tratamiento es una realidad clínica frecuente. Los estudios de práctica habitual muestran que muchos pacientes interrumpen los agonistas GLP-1 o duales durante el primer año y que una parte vuelve posteriormente a iniciarlos, con frecuencia después de recuperar peso.
Reiniciar no significa necesariamente utilizar la misma molécula ni repetir exactamente el mismo proceso. Antes debe revisarse por qué se suspendió, cómo ha cambiado la salud, qué respuesta y efectos adversos existieron, qué contraindicaciones pueden haber aparecido y cuáles son los nuevos objetivos.
Las recomendaciones de NICE sobre tirzepatida ya contemplan expresamente la posibilidad de reiniciarla, evaluando la causa de la interrupción y ajustando la titulación cuando corresponda.
El mensaje práctico no debe ser que todo tratamiento puede reintroducirse automáticamente, sino que suspenderlo no cierra para siempre las opciones terapéuticas.
Tampoco conviene esperar necesariamente a haber recuperado diez o veinte kilos para volver a consultar. No existe una cifra universal que obligue a reiniciar medicación, pero detectar precozmente una tendencia sostenida permite revisar qué está ocurriendo y actuar antes de que el problema resulte más difícil de abordar.
A veces bastará con reforzar hábitos, adaptar la actividad o atender una dificultad emocional. En otras ocasiones será razonable valorar la misma molécula, otra alternativa farmacológica o, en pacientes seleccionados, otros procedimientos terapéuticos.
Volver a pedir ayuda no es volver al punto de partida. Es utilizar lo aprendido para intervenir en un momento diferente de la enfermedad.
Ningún profesional puede hacerlo solo
La obesidad afecta a la salud física, funcional, metabólica y psicosocial. Por eso, su manejo rara vez depende de un único profesional.
En una unidad multidisciplinar podemos contar con dietistas-nutricionistas, psicólogos, profesionales del ejercicio, personal de enfermería y médicos de distintas especialidades. Ese entorno ofrece grandes ventajas, pero no está disponible para todos.
La ciencia es la misma, pero su aplicación debe adaptarse al lugar donde el paciente recibe atención: Atención Primaria, Endocrinología hospitalaria, medicina privada, aseguradoras, telemedicina o unidades especializadas. Cada entorno dispone de tiempos y recursos diferentes.
Trabajar de forma multidisciplinar no significa que todos los pacientes necesiten el mismo número de consultas o profesionales. Significa identificar qué apoyo necesita cada uno en cada momento y establecer vías de colaboración o derivación cuando sean necesarias.
Si la principal dificultad está relacionada con la alimentación, la intervención del dietista-nutricionista puede ser esencial. Si existe una relación emocional problemática con la comida, atracones, ansiedad, depresión o estigma interiorizado, el apoyo de psicología, psiquiatría o psicoterapia no es accesorio: forma parte del tratamiento.
Si predominan el dolor, la fragilidad o las limitaciones funcionales, puede ser necesario coordinarse con rehabilitación, fisioterapia, reumatología o profesionales del ejercicio. Neumología, ginecología, cardiología, Atención Primaria y cirugía bariátrica, entre otras áreas, tendrán un papel diferente según las enfermedades asociadas y los objetivos del paciente.
El abordaje multidisciplinar no consiste en sumar especialistas alrededor de una persona. Consiste en conseguir que todos trabajemos en la misma dirección: conservar y ampliar la salud alcanzada.
Habrá días mejores… y también días difíciles
A menudo imaginamos el mantenimiento como una línea recta: alcanzar un objetivo, conservar los hábitos y mantener los resultados indefinidamente. La vida real rara vez sigue ese recorrido.
Un cambio de trabajo, unas vacaciones, una lesión, un embarazo, la menopausia, una enfermedad, una pérdida personal o una etapa de estrés pueden alterar temporalmente el equilibrio conseguido.
Aceptar esta realidad no significa resignarse. Significa comprender que el mantenimiento no consiste en hacerlo todo perfectamente, sino en desarrollar la capacidad de adaptarse sin perder de vista el objetivo principal.
Un pequeño aumento de peso no representa automáticamente un fracaso, del mismo modo que una disminución puntual no garantiza que el camino esté completado. Lo importante es reconocer los cambios, analizarlos sin culpa y decidir qué herramientas hacen falta en ese momento.
A veces habrá que reforzar hábitos. En otras ocasiones será necesario revisar el tratamiento, buscar apoyo psicológico, adaptar el ejercicio o volver a consultar con otros profesionales.
El mantenimiento no consiste en no desviarse nunca del camino. Consiste en saber regresar a él cuando la vida nos obliga a cambiar de dirección.
Volver a intentarlo no es fracasar. Muchas veces forma parte del propio tratamiento.
Una última reflexión
Cuando aquel paciente terminó la consulta, todavía no sabíamos cuál sería la estrategia definitiva para los meses siguientes. No sabíamos si podría mantener el mismo tratamiento, si tendríamos que modificarlo o si, más adelante, sería necesario volver a iniciarlo.
Lo que sí sabíamos era algo más importante.
Aquella consulta no trataba únicamente de un medicamento.
Trataba de proteger una salud que había costado mucho tiempo recuperar.
Durante años nos hemos preguntado cómo ayudar a nuestros pacientes a perder peso. Hoy empezamos a comprender que el verdadero reto es conservar los beneficios alcanzados cuando la vida cambia, aparecen nuevas dificultades o el tratamiento necesita adaptarse.
No siempre podremos evitar los momentos difíciles ni conseguiremos que todas las personas sigan el mismo camino. Pero sí podemos ofrecer acompañamiento, planificación y decisiones compartidas basadas en la mejor evidencia disponible.
Ojalá en los próximos años dispongamos de estudios que respondan mejor cómo realizar una desescalada cuando sea adecuada, qué estrategias permiten sostener los resultados y cómo facilitar el acceso a tratamientos eficaces y seguros.
Mientras ese conocimiento continúa creciendo, existe una certeza que ya forma parte de nuestra práctica clínica:
El mantenimiento no empieza cuando retiramos un tratamiento. Empieza el mismo día en que decidimos iniciarlo.
Porque perder peso puede cambiar una vida.
Pero ayudar a una persona a mantener la salud que ha recuperado es, probablemente, el mayor éxito al que podemos aspirar como profesionales sanitarios.
Referencias esenciales
- Rubino D, et al. Effect of continued weekly subcutaneous semaglutide vs placebo on weight loss maintenance in adults with overweight or obesity: STEP 4. JAMA. 2021.
- Wilding JPH, et al. Weight regain and cardiometabolic effects after withdrawal of semaglutide: STEP 1 trial extension. Diabetes Obes Metab. 2022.
- Aronne LJ, et al. Continued treatment with tirzepatide for maintenance of weight reduction: SURMOUNT-4. JAMA. 2024.
- Lincoff AM, et al. Semaglutide and cardiovascular outcomes in obesity without diabetes: SELECT. N Engl J Med. 2023.
- Jensen SBK, et al. Healthy weight loss maintenance with exercise, GLP-1 receptor agonist treatment, or both combined followed by one year without treatment. eClinicalMedicine. 2024.
- Rodriguez PJ, et al. Discontinuation and reinitiation of GLP-1 receptor agonists among adults with overweight or obesity. JAMA Network Open. 2025.
- World Health Organization. Guideline on GLP-1 therapies for the treatment of obesity in adults. 2025.
- National Institute for Health and Care Excellence. Advice and support after stopping medicines for weight management. Quality standard QS212. 2025.
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