El Dr. Pablo Fernández Collazo es endocrinólogo adjunto del Hospital Universitari Doctor Peset de Valencia. Estudió Medicina en la Universidad de Santiago de Compostela y realizó la especialidad de Endocrinología y Nutrición en el Hospital Doctor Peset. Compagina la asistencia clínica con la investigación como investigador predoctoral de la Fundación FISABIO, y forma parte del Grupo de Trabajo de Gónadas, Identidad y Diferenciación Sexual de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (GIDSEEN). Su labor combina la atención a pacientes con la investigación en metabolismo y hormonas sexuales, siempre con un objetivo claro: acercar la medicina a las personas mediante una información rigurosa, comprensible y basada en la evidencia científica.
Una regla que nunca llega cuando debería. Un acné que continúa mucho después de la adolescencia. Más vello del esperado, una caída del cabello que preocupa o la incertidumbre de no conseguir un embarazo. Aunque puedan parecer problemas independientes, muchas veces tienen un mismo origen: el síndrome de ovario poliquístico (SOP), una enfermedad hormonal y metabólica que afecta aproximadamente al 13 % de las mujeres en edad fértil y que todavía continúa rodeada de falsas creencias y diagnósticos tardíos.
Durante muchos años se ha hablado del síndrome de ovario poliquístico casi exclusivamente desde la Ginecología. Sin embargo, hoy sabemos que es una enfermedad mucho más compleja. No afecta únicamente al ovario. También intervienen las hormonas, el metabolismo y, en muchos casos, factores relacionados con el estilo de vida.
Para comprender mejor qué ocurre en el organismo de estas mujeres, por qué el diagnóstico sigue llegando tarde en muchas ocasiones y cómo ha cambiado el abordaje de la enfermedad durante los últimos años, conversamos con el Dr. Pablo Fernández Collazo, endocrinólogo del Hospital Universitari Doctor Peset de Valencia.
Pero antes de hablar de medicina, hormonas o fertilidad, merece la pena conocer a la persona que hay detrás del especialista.
«Siempre me fascinó entender cómo funciona el cuerpo»
La vocación del Dr. Pablo Fernández Collazo no nació de un día para otro.
Fue creciendo poco a poco, alimentada por una curiosidad que todavía hoy conserva intacta.
Mientras muchos niños dedicaban las tardes a jugar, él podía pasar horas leyendo sobre animales, biología o genética simplemente por el placer de comprender cómo funcionaba el cuerpo humano.
Todavía recuerda aquellas noches con una sonrisa.
«Recuerdo quedarme hasta las cuatro de la madrugada leyendo sobre animales y biología. Me fascinaba entender cómo funcionaba el cuerpo.»
Aquella curiosidad encontró un impulso definitivo gracias a un profesor de Biología al que recuerda con especial cariño y que despertó todavía más su interés por la ciencia.
Durante un tiempo incluso llegó a plantearse estudiar Biología, pero finalmente eligió Medicina porque intuía que era la mejor forma de unir el conocimiento científico con la posibilidad de ayudar directamente a las personas.
Estudió Medicina en la Universidad de Santiago de Compostela y, al preparar el examen MIR, apenas tuvo dudas sobre la especialidad que quería elegir.
La Endocrinología reunía todo aquello que le apasionaba.
«Siempre pensé que las hormonas modifican muchísimo nuestro comportamiento. Queda muchísimo por descubrir y me parecía un campo apasionante.»
Con esa idea llegó a Valencia para realizar la residencia de Endocrinología y Nutrición en el Hospital Universitari Doctor Peset, donde continúa desarrollando su labor asistencial como endocrinólogo adjunto.
Además de atender pacientes, compagina su actividad clínica con la investigación en la Fundación Fisabio, centrando buena parte de su trabajo en el metabolismo y las hormonas sexuales.
Quizá esa combinación entre consulta e investigación explique una de las cosas que más llaman la atención durante la conversación.
Habla de enfermedades complejas con una enorme sencillez.
No utiliza tecnicismos innecesarios.
No busca impresionar.
Busca que quien tiene delante comprenda realmente qué le ocurre.
Y eso se aprecia desde la primera pregunta.
«El mayor problema empieza por el propio nombre»
Antes incluso de explicar qué es el síndrome de ovario poliquístico, Pablo hace una reflexión que sorprende.
El primer problema comienza con el nombre de la enfermedad.
Cuando una mujer escucha por primera vez que tiene «ovarios poliquísticos», es lógico imaginar que existen varios quistes creciendo dentro del ovario.
Muchas pacientes llegan a consulta convencidas de ello.
Sin embargo, la realidad es muy distinta.
«No todas las mujeres con síndrome de ovario poliquístico tienen quistes en los ovarios.»
Lo que habitualmente observa el especialista durante la ecografía son pequeños folículos que han detenido su desarrollo y permanecen agrupados en el ovario. No son quistes en el sentido habitual de la palabra y, además, ni siquiera aparecen en todas las pacientes.
Ese malentendido ha sido tan importante que más de cincuenta sociedades científicas internacionales han impulsado un cambio de denominación para la enfermedad.
«Más de 53 organizaciones científicas se han unido para cambiar el nombre porque genera muchos malentendidos.»
La nueva propuesta, síndrome ovárico metabólico poliendocrino (SOMP. PMOS en inglés), intenta reflejar una realidad que durante años ha pasado desapercibida.
Porque el síndrome no afecta únicamente al ovario.
También implica alteraciones hormonales y metabólicas que pueden acompañar a la mujer durante buena parte de su vida.
«Probablemente sea la pregunta más difícil de toda la entrevista»
Le pido que defina qué es exactamente el síndrome de ovario poliquístico.
Pablo sonríe.
Hace una breve pausa antes de responder.
Y reconoce, entre risas, que probablemente sea la pregunta más complicada de toda la conversación.
«Probablemente sea la pregunta más difícil de toda la entrevista.»
Después llega una explicación que ayuda a entender por qué esta enfermedad sigue generando tantas dudas.
«Un síndrome son varias enfermedades o síntomas que se parecen entre sí y que hemos agrupado bajo un mismo nombre .»
Ahí reside una de las claves.
No existe una única paciente con síndrome de ovario poliquístico.
Hay mujeres cuya principal preocupación son las alteraciones menstruales.
Otras consultan por un acné persistente.
Algunas llegan por el exceso de vello corporal o por la caída del cabello.
Y muchas descubren el diagnóstico cuando desean quedarse embarazadas.
Todas pueden padecer la misma enfermedad.
Y, sin embargo, vivir experiencias completamente distintas
Cuando el cuerpo empieza a dar señales
Una de las razones por las que el síndrome de ovario poliquístico continúa siendo una enfermedad infradiagnosticada es que rara vez aparece de forma brusca.
Los síntomas suelen instalarse poco a poco.
Una menstruación que se retrasa.
Después otra.
Un acné que no desaparece cuando termina la adolescencia.
Más vello del esperado en la cara, el pecho o el abdomen.
Una pérdida progresiva de cabello.
O una báscula que parece empeñada en no bajar pese al esfuerzo.
Cada uno de esos síntomas puede parecer un problema aislado.
Juntos cuentan una historia muy diferente.
«La mayoría de las pacientes consultan porque tienen alteraciones menstruales. Es lo que más suele preocuparles.»
Pablo explica que uno de los pilares de la enfermedad es la alteración de la ovulación. Cuando el ovario deja de ovular con normalidad, los ciclos menstruales también cambian. Algunas mujeres tienen reglas cada dos o tres meses. Otras pasan largas temporadas sin menstruar. Y muchas piensan que simplemente «siempre han sido así».
Precisamente esa normalización retrasa el diagnóstico.
«Muchas pacientes creen que es normal porque llevan toda la vida con reglas irregulares y nunca habían consultado.»
No todas las mujeres viven la enfermedad de la misma manera
A medida que avanza la conversación, Pablo insiste varias veces en una idea que considera fundamental.
No existe una paciente tipo.
El síndrome de ovario poliquístico puede presentarse de formas muy diferentes.
Hay mujeres cuyo principal problema es el acné.
Otras apenas tienen alteraciones cutáneas, pero desarrollan un exceso de vello corporal.
Algunas presentan una caída importante del cabello.
Y otras descubren la enfermedad únicamente cuando comienzan a buscar un embarazo.
«No todas las pacientes tienen los mismos síntomas ni con la misma intensidad.»
Ese exceso de andrógenos —las hormonas que tradicionalmente llamamos masculinas— explica buena parte de esas manifestaciones.
Sin embargo, tampoco todas las mujeres presentan niveles elevados de la misma forma.
Por eso Pablo rechaza las generalizaciones.
Cada paciente necesita una valoración individual.
Cada historia merece una explicación diferente.
Mucho más que una enfermedad ginecológica
Durante muchos años el síndrome de ovario poliquístico quedó prácticamente ligado a la consulta del ginecólogo.
Hoy esa visión resulta insuficiente.
«Es una enfermedad que compartimos Ginecología y Endocrinología.»
Cuando predominan los problemas relacionados con la menstruación o la fertilidad, el ginecólogo suele ser el primer especialista en intervenir.
Pero cuando aparecen alteraciones metabólicas, resistencia a la insulina, obesidad o problemas hormonales, el endocrinólogo desempeña un papel igualmente importante.
No existe una frontera entre ambas especialidades.
Existe colaboración.
Y esa colaboración beneficia directamente a las pacientes.
Porque la enfermedad afecta mucho más que al ovario.
Afecta al metabolismo.
Afecta a las hormonas.
Y puede influir en la salud futura de la mujer.
Antes de poner nombre al problema
Aunque internet ha facilitado el acceso a la información médica, Pablo reconoce que muchas pacientes llegan convencidas de tener síndrome de ovario poliquístico después de leer sus síntomas en redes sociales.
Sin embargo, el diagnóstico requiere algo más.
Antes de confirmar la enfermedad es imprescindible descartar otras alteraciones hormonales que pueden producir manifestaciones parecidas.
Problemas de tiroides.
Alteraciones de la prolactina.
Enfermedades de las glándulas suprarrenales.
Solo después llega el momento de confirmar el diagnóstico mediante la historia clínica, la exploración física y las pruebas complementarias necesarias.
El diagnóstico requiere dos de tres pilares —alteración ovulatoria, hiperandrogenismo (bien por aspecto físico o bien por analítica) y aspecto ovárico «poliquístico”, normalmente visto por ecografía.
Y por tanto, durante años la ecografía ocupó un lugar protagonista.
Hoy las nuevas guías internacionales permiten sustituirla por determinados marcadores hormonales, lo que ha supuesto un cambio importante en la forma de diagnosticar la enfermedad.
El tratamiento que casi nadie espera
Cuando preguntamos por el tratamiento, muchas personas esperan escuchar el nombre de un medicamento.
Sin embargo, Pablo responde con una frase que repite varias veces a lo largo de la entrevista.
«El principal tratamiento sigue siendo la dieta y el ejercicio.»
No habla de dietas milagro.
Ni de restricciones extremas.
Habla de hábitos sostenibles.
De actividad física regular.
De alimentación saludable.
De pequeños cambios mantenidos durante muchos años.
Porque el síndrome de ovario poliquístico no desaparece de un día para otro.
Se controla.
Y ese control empieza mucho antes de abrir una caja de medicación.
Eso no significa que los fármacos no sean importantes.
Los anticonceptivos hormonales, determinados tratamientos dirigidos a mejorar la resistencia a la insulina o los medicamentos destinados a controlar algunos síntomas concretos siguen siendo herramientas muy útiles cuando están indicados.
Pero Pablo insiste en que ningún tratamiento sustituye unos buenos hábitos de vida.
«Es raro que una mujer joven, físicamente activa y con un peso saludable presente formas graves de la enfermedad.»
No es una frase para culpabilizar a nadie.
Es una invitación a entender que la alimentación, el ejercicio y el descanso también forman parte del tratamiento.
Y, probablemente, sean el primer paso para mejorar la calidad de vida de muchas pacientes.
«Doctor, ¿podré quedarme embarazada?»
Hay preguntas que se repiten una y otra vez en la consulta. Algunas aparecen nada más comenzar la conversación. Otras esperan al final, cuando la paciente ya ha escuchado el diagnóstico y ha intentado asimilar toda la información.
Esta suele llegar en voz baja.
—Doctor, ¿podré quedarme embarazada?
Pablo reconoce que entiende perfectamente ese miedo.
Durante demasiado tiempo se ha asociado el síndrome de ovario poliquístico con la infertilidad, y muchas mujeres llegan convencidas de que el diagnóstico supone renunciar a la maternidad.
Nada más lejos de la realidad.
«No significa que una mujer no pueda quedarse embarazada.»
Explica que la enfermedad puede dificultar el embarazo porque altera la ovulación. Si una mujer no ovula regularmente, las posibilidades de gestación disminuyen. Pero eso no significa que desaparezcan.
La gran mayoría de las pacientes consiguen embarazos espontáneos.
Otras necesitan ayuda médica.
Y algunas recurren a técnicas de reproducción asistida.
Cada caso es diferente.
Por eso rechaza las respuestas universales.
«Lo más importante para la fertilidad sigue siendo la edad.»
Antes de plantear tratamientos complejos, se estudia cada situación de forma individual. Se analiza la reserva ovárica, la frecuencia de las ovulaciones, el peso, los hábitos de vida y la existencia de otros factores que puedan influir.
En numerosas ocasiones, mejorar la alimentación, practicar ejercicio físico con regularidad y perder peso cuando existe obesidad consigue recuperar la ovulación y aumentar las posibilidades de embarazo.
Ese mensaje resulta especialmente importante.
Porque sustituye el miedo por información.
Y la información, cuando está basada en la evidencia científica, siempre aporta tranquilidad.
Una enfermedad que también mira al futuro
La conversación continúa alejándose de la imagen clásica del síndrome de ovario poliquístico.
No es únicamente una enfermedad relacionada con la menstruación.
Ni termina cuando una mujer consigue quedarse embarazada.
Pablo explica que también debemos prestar atención a la salud metabólica.
Algunas pacientes presentan una mayor predisposición a desarrollar resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, alteraciones del colesterol o enfermedad cardiovascular.
Eso no significa que vayan a padecerlas.
Significa que merece la pena prevenirlas.
Y, una vez más, la prevención comienza con los hábitos cotidianos.
Alimentación equilibrada.
Actividad física.
Descanso adecuado.
Seguimiento médico.
No son consejos generales.
Forman parte del tratamiento.
Internet informa… pero también puede confundir
Cada vez es más frecuente que las pacientes lleguen a consulta después de haber buscado información en internet.
Eso tiene una parte muy positiva.
Las mujeres participan mucho más en las decisiones relacionadas con su salud.
Pero también tiene un lado menos amable.
Las redes sociales están llenas de recomendaciones sin respaldo científico.
Dietas milagro.
Suplementos que prometen curaciones.
Tratamientos que carecen de evidencia.
Pablo anima a consultar fuentes fiables y a resolver las dudas con profesionales que conozcan bien la enfermedad.
Porque una buena información evita miedos innecesarios y ayuda a tomar mejores decisiones.
Mitos sobre el síndrome de ovario poliquístico
Aprovechamos la entrevista para desmontar algunas de las falsas creencias que todavía siguen muy presentes.
«Si tengo síndrome de ovario poliquístico, tengo quistes en los ovarios.»
Falso.
No todas las mujeres presentan esa imagen ecográfica y, además, lo que habitualmente se observan son folículos inmaduros, no quistes propiamente dichos.
«Nunca podré ser madre.»
Falso.
El síndrome puede dificultar la ovulación, pero la mayoría de las mujeres pueden conseguir un embarazo, de forma espontánea o con ayuda médica cuando sea necesario.
«Solo afecta a los ovarios.»
Falso.
Es una enfermedad hormonal y metabólica que puede influir en numerosos aspectos de la salud.
«Todas las mujeres con síndrome de ovario poliquístico tienen obesidad.»
Falso.
Muchas pacientes presentan un peso completamente normal.
«Todo se soluciona con una pastilla.»
Falso.
«El principal tratamiento sigue siendo la dieta y el ejercicio.»
Los medicamentos son importantes cuando están indicados, pero nunca sustituyen unos hábitos saludables.
«Comprender la enfermedad también forma parte del tratamiento»
Mientras termina la entrevista resulta inevitable volver al principio de la conversación.
Al niño que pasaba horas leyendo sobre biología simplemente porque quería entender cómo funcionaba el cuerpo humano.
Con el paso de los años cambió los libros por la consulta.
Pero la curiosidad sigue siendo la misma.
Quizá por eso explica una enfermedad compleja con tanta naturalidad.
No intenta impresionar.
Intenta que quien tiene delante salga de la consulta comprendiendo qué le ocurre.
Y eso, probablemente, sea una de las mejores herramientas que un médico puede ofrecer.
Antes de despedirnos le pido un último mensaje para las mujeres que acaban de recibir este diagnóstico.
No habla de porcentajes.
No habla de tratamientos revolucionarios.
Habla de tranquilidad.
De seguimiento.
De confianza.
Y recuerda que el síndrome de ovario poliquístico no define a una mujer ni determina su futuro.
Con un diagnóstico adecuado, un tratamiento individualizado y unos hábitos saludables, la inmensa mayoría puede desarrollar una vida completamente normal.
Quizá ese sea el mensaje más importante de toda la conversación.
Comprender una enfermedad no hace que desaparezca.
Pero sí consigue que deje de dar tanto miedo.
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